Redacción/Esto Es

No sabemos cómo fue que Mariana y Jesús se conocieron, pero hasta el último día de su vida, ella estaba arrepentida de haberle dado su corazón y tres hijas, pues los detalles para conquistarla, las palabras de amor y las caricias, con el paso del tiempo se fueron convirtiendo en violaciones, insultos y golpes. Ese hombre pasó de ser el  “ideal” a su asesino.

De la muerte de Mariana fueron testigos sus familiares, quienes sin poder acercarse atestiguaron los 11 años de terror e impunidad que pasó a lado de un hombre que se escudaba detrás de una “placa” de policía. Jesús pertenecía a la extinta Policía Judicial, con lo que sentía tener “poder” sobre la mujer a la un día le juró amor eterno y disparó a quemarropa cuando cargaba a su bebé de meses de nacida.

 

 

Amor que mata

 

Al poco tiempo de conocerse e iniciar una relación, Jesús comenzó a dar signos de ser un hombre posesivo y violento, eso hizo que Mariana tratará de alejarse y dio por terminada la relación, pero ese fue el detonante más grave, a Jesús no le gustó nada la idea y abusando de portar un arma y pertenecer a la Policía Judicial, la sometió a toda clase de bajezas.

Un día con engaños la sacó de su casa “para arreglar las cosas”, pero antes de llegar a un buen acuerdo, todo empeoró, la llevó a un lugar solitario a bordo de su vehículo, le puso su arma de cargo en la boca a Mariana, advirtió que no la iba a dejar jamás y “pobre de ella si denunciaba” porque la iba a matar, esta amenaza iba también para su familia, haciéndole hincapié de que era policía y era su palabra contra la de él.

del amor a la muerte
Jesús se disparó después de asesinar a Mariana.

Ese día, ella regresó como pudo a su casa, ya que Jesús la abandonó sola y sin dinero sobre una inconclusa carretera, le contó a su madre lo que había pasado, pero recordando las amenazas de muerte las dos optaron por  guardar silencio, en el fondo esperaban a que se le pasará el enojo. Jesús estaba enojado porque ella ya no lo quería.

Con el paso del tiempo consiguió llevársela a vivir a su lado, era tanto el amor que sentía Mariana por su madre y hermanas, que creyó que con estar y aguantar a ese hombre abusador, su familia estaría a salvo.

Pero las agresiones fueron en aumento y las amenazas comenzaron a ir acompañadas de golpes y violaciones, así fue como concibieron tres hijas. Abortar para ella era un crimen y los bebés no tenían la culpa del hombre que le hacía daño a su madre, incluso sus embarazos fueron de alto riesgo, por las golpizas.

Al nacer su primer hija, guiada por su instinto maternal y temiendo por su vida, Mariana buscó apoyo en varias dependencias, pero al ser atendida siempre recibía insultos por no haberlo denunciado a tiempo. Trabajadoras sociales y autoridades antes de darle su lugar como víctima, usaban pretextos como:

“tú lo permites”, “tú estás ahí”, “piénsalo bien, ya tienen una hija”,

entre otras excusas para justificar el violento comportamiento de un policía judicial, dejándola a merced de su asesino.

Ese maltrato le confirmó que en verdad era su palabra contra la de él, así que desistió de cualquier demanda o volver a solicitar ayuda. Él aprovechó para utilizarla, jamás le dio un trato digno.

Una sola vez Mariana sintió “alivió”. Él la estaba abandonando. Luego de ser abusada sexualmente en un cuarto junto a la recámara donde lloraba su hija, Jesús le dijo que ya no le servía, que no valía nada como mujer y desde ahora ella tenía que ver cómo iba a sobrevivir, y claro, le hizo saber  que se iba con otra mujer. Pero eso sí, le advirtió que no la quería ver cerca de otro hombre ni de su familia, tal vez Jesús pensaba que con eso ella le rogaría que regresará a su lado.

Mariana enseguida buscó ayuda con sus vecinas. En la calle donde vivía era un secreto a voces el martirio que sufría detrás de la puerta de su hogar, y cuando se acercó a buscar trabajo ofreciéndose para limpiar casas, no dudaron en tenderle la mano, eso le daba el pan de cada día.

Pero la tranquilad nunca fue buena compañera de Mariana, pues aunque no tenía contacto seguido con él, cuando Jesús quería llegaba a su casa, hacía lo mismo de siempre, utilizarla, forzarla a sostener relaciones sexuales y a tratarla como un objeto. Vaya, solo perturbaba la vida de esa joven madre que con el paso del tiempo y producto de violaciones tuvo dos hijas más de su verdugo.

Aquella terrible noche del 10 de marzo del año 2010, Jesús le marcó, algo que de por sí era extraño ya que nunca le avisaba cuando iría a verla. En la llamada solo mencionó que iba por ella, esas palabras la aterraron y desde ahí supo que algo estaba mal.

Mariana no dudó en llamar a su hermana, sus palabras fueron “él viene para acá”. No necesitó decir más, su hermana y su cuñado enseguida llegaron a su casa, en un fraccionamiento de Playa del Carmen. Su hermana le pidió que tomara sus cosas y salieran, en ese momento llegó Jesús y al ver que ella trataba de salir la metió nuevamente a la casa apuntándole con su arma de cargo, Mariana retrocedió.

del amor a la muerte
La familia de Mariana no podría creer lo que había ocurrido.

La hermana de Mariana alcanzó a salir de la casa con las dos hijas mayores, y mientras las metía al carro, las niñas le gritaban a su papá que no le hiciera daño a su mamá.

Su cuñado, quien desde el automóvil veía todo, llamó al número de emergencias, en ese entonces 066, solicitando una patrulla por que un hombre armado maltrataba a una mujer al interior de un domicilio. Pensaban que los policías podían llevárselo por abusar de su cargo.

A su llegada, policías municipales que atendieron el auxilio enseguida identificaron a Jesús como autoridad; él dijo que todo estaba bien, les hizo señas a los oficiales y ellos se retiraron, todo mientras tapaba el paso de la puerta principal y Mariana estaba detrás de él queriendo salir cargando a su bebé en brazos.

Al darse la vuelta la patrulla, las últimas palabras de Jesús fueron “¡si no eres mía, no serás de nadie más!” dio un paso hasta ella, la abrazó y disparó en dos ocasiones, ella cayó al suelo sin soltar a su bebé. Jesús dio otro paso, parado a la altura de Mariana, la miró por última vez y luego se disparó en la sien.

Toda la escena quedó grabada en la memoria de la hermana de Mariana, ya que cuando regresaba por la bebé vio como Jesús abrazaba a Mariana y le disparó, primero a la altura del cuello, herida mortal que la hizo caer de espaldas con su pequeña en brazos, el otro balazo rozó su corazón. El tercer disparó que se escuchó, fue para él.

Era la primera vez que Mariana sacaba tanto valor y coraje para enfrentarlo y alejarse, eso le costó la vida.

La bebé tuvo que ser arrebatada de los brazos de su madre, quien ya sin vida se aferraba al pequeño cuerpo, protegiéndolo.

Las otras niñas fueron retiradas de la triste escena por los mismos vecinos. Los policías, que la dejaron morir sola, ya solo miraban entre ellos y en su rostro se notaba, no solo su imprudencia por no haber hecho nada, si no su falta de empatía con la víctima.

Al ser declarada muerta, los paramédicos cubrieron su cuerpo con una sabana, el ruido de las sirenas que avisaban que más patrullas se acercaban, la confusión en los radios de la policía al saberse que había un judicial muerto, todo ese bullicio dejó de escucharse, cuando la hermana de Mariana pegó un grito al ver como era cubierto el cuerpo “¡no la tapen, a ella no!”, luego la mujer cayó al suelo desmayada, por lo que tuvo que ser también retirada de la cruda escena.

del amor a la muerte
Mariana fue asesinada por el padre de sus hijas.

El caso de Mariana, que siempre fue ignorado en las dependencias o culpada de fomentar las agresiones y comportamiento de un policía judicial atrajo todas las miradas de las Policías, incluso el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) quiso, ahora sí, hacerse cargo de las pequeñas que habían quedado en orfandad. ¿Con qué cara se acercaban a la familia? Si cuando ella los necesitó le dieron la espalda.

Al practicarle la necropsia, las cicatrices en su cuerpo contaban su historia. Un balazo en el brazo, lesión que obtuvo cuando a él “por accidente” se le disparó su arma de cargo; varias cicatrices en la cabeza, claramente hechas con la cacha de una pistola, ella decía eran golpes que se dio con la puerta. A estas huellas de violencia familiar se unieron otras de las cuales solo ella sabía y a nadie contaba, pero claramente se apreciaba eran producto de violaciones.

Mariana no lo justificaba, le tenía miedo y las autoridades no la apoyaron ni después de su muerte. A Mariana nadie le hizo justicia, ya que el mismo hombre quien por más de una década la hizo vivir un infierno, esa noche llegó hasta ella y después de un abrazo le quitó la vida, como si del amor a la muerte existiera un solo paso.